domingo, 21 de abril de 2019

ESCENA IMPORTANTE DE LA OBRA

Muerte de Palinuro (Del canto V): Una blanda alegría se insinuó en el alma insegura del venerable Eneas, el cual mandó levantar rápidamente todos los mástiles y desplegar las velas. Todos a la vez emprendieron la maniobra, izando las lonas a derecha e izquierda, mien­tras retorcían las altas puntas de las entenas. Los vientos favorables impulsaban la flota. Palinuro, delante de todos, dirigía la apretada hilera de naves, todas las cuales tenían la orden de regular su marcha por la suya. Ya la húmeda noche había casi llegado a la mitad del espacio celeste, y los marineros, tendidos entre los bancos, bajo los remos, reposaban sus miembros con un sueño tranquilo, cuando Morfeo, el ligero dios, deslizándose de los astros celestes, hendió el aire tenebroso y emergió de las tinieblas, para dirigirse a ti, ¡oh Palinuro!, y llevarte, inocente víctima, visiones funestas. Sentóse el dios sobre la alta popa, habiendo adoptado la apariencia de Forbante, y allí pronunció estas palabras: Palinuro, hijo de Jasio, la líquida llanura lleva por sí sola la flota; los vientos soplan tranquilos y la hora invita a descansar. Deja caer la cabeza y hurta al trabajo tus ojos fatigados. Yo te sustituiré por un rato. Palinuro, levantando con dificultad los ojos, le dijo: ¿Es a mí a quien quieres hacer ol­vidar lo que ocultan el aspecto apacible del mar y el sosiego de las olas? ¿Pre­tendes que yo me fíe de tal prodigio? ¡Cómo! ¿Iba a confiar a Eneas a los vien­tos engañosos, yo que tantas veces fui víctima de la serenidad del cielo? Decía todas estas palabras Palinuro sin soltar un instante la barra del timón, a la cual se aferraba, con los ojos fijos en los astros. Pero he aquí que el dios sacudió sobre sus dos sienes un ramo humedecido en las aguas del Leteo, impreg­nado en la virtud somnífera de la Estigia. En vano fue que Palinuro se resistiera; a pesar suyo, relajó sus ojos adormecidos. Apenas el imprevisto reposo comenzó a invadir sus miembros, cuando el dios, cayendo sobre él, lo arrojó a las límpidas ondas, con parte de la popa quebrada y sin soltar el timón. Precipitado en las aguas, en vano llamó una y otra vez a sus compañeros. En cuanto al dios, se remontó volando como el pájaro por la tenue brisa. No dejó por eso la flota de proseguir su derrota segura, y, de acuerdo con las promesas del padre Neptuno, avanzó sin temor. Ya incluso había llegado a los escollos de las Sirenas, en otro tiempo temibles y cubiertos de blancas osamentas. Los roncos peñascos, incesantemente azotados por las salobres aguas, resonaban en lontananza, cuando el venerable Eneas advirtió que su nave flotaba a la ventura, perdido su piloto, y él se puso al timón, gobernándola por las ondas tenebrosas. Lanzando hondos gemidos, y conmovido su ánimo por la desgracia de su amigo, exclamó: ¡Oh Palinuro! Por tu excesiva con­fianza en la serenidad del cielo y del mar, yacerás insepulto en una ribera ignorada.

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